Diario Sin Nombre

Según las estadísticas, antes de cinco segundos usted abandonará esta página.

domingo 30 de marzo de 2008

Adiós al Diario sin nombre

Aquí nos quedamos. Como siempre suele suceder, mereció la pena el camino, no el destino. Pero seguiremos escribiendo en Tertulia Andaluza...

A los dos amigos que nos leyeron, gracias. Al resto que caerá por estas páginas, hasta siempre.

jueves 13 de marzo de 2008

Tynset, la novela inédita en español editada por Olivo Azul

Ha aparecido una reseña de Tynset, publicada en Tertulia Andaluza.

El Olivo Azul ha vuelto a editar un texto inédito en castellano, esta vez se trata de Tynset, la novela del alemán Wolfgang Hildesheimer que narra la larga noche de un misterioso insomne del que apenas sabemos nada.

Tynset es otra de las enigmáticas obras de Wolfgang Hildesheimer (Hamburgo, 1916), autor judío que formó parte del llamado Grupo 47 junto a Ingeborg Bachmann, Arno Schmidt o Hans Magnus Enzensberger. El escritor viajó mucho y volvió a Alemania tras la II Guerra Mundial, en donde participó como traductor en los juicios de Nüremberg. Esta cercana experiencia con el horror humano le inspiraría uno de los temas que aparecen en este libro: el sentimiento de que todos somos culpables de algo.

Apenas hay una historia que contar, la novela casi no es una narración. El protagonista pasa como puede una noche en vela que parece durar meses, como las noches del ártico. Es en esas latitudes en donde se encuentra Tynset, una estación de paso entre Hamar y Stören que el insomne elige como un sitio para escapar, como su única esperanza, al hojear una guía de ferrocarriles de Noruega. Una de las razones para escoger Tynset es por cómo suena. Los sonidos son muy importantes en la novela: aparecen los nombres de Beethoven, Mozart, e incluso se transcribe los sonidos musicales de la muerte. Hildeheimer es un famoso melómano y su libro más conocido es una biografía de Mozart.

El protagonista, del que no sabemos ni cómo se llama, confiesa que se dedica a llamar por teléfono a varios desconocidos, elegidos al azar entre las páginas de una guía telefónica. El bromista les avisa de que han sido descubiertos y les aconseja que huyan; ninguno de ellos contesta que es inocente o le pregunta de qué esta hablando. Ese sentimiento de culpabilidad universal, que se podía encontrar también en La caída de Albert Camus, refleja la situación de Alemania tras las matanzas de la guerra.

La única compañía del protagonista son Celestina, la criada borracha y santurrona, el fantasma del padre de Hamlet y todos los espíritus de los que pasaron por la cama enorme del desvelado, un lecho en el que caben hasta siete personas y que había pertenecido a un hostal de carretera. Las historias de estos aparecidos, como Gesualdo, el príncipe asesino y músico de Venosa, se entremezclan con los recuerdos del protagonista en una composición literaria que tiene mucho de musical.

El libro refiere una divertida anécdota: en una representación de Hamlet, el actor que encarna al príncipe danés estornuda y el público no sabe si el que ha estornudado es el personaje, por alguna indicación peregrina del director, o el actor, que no ha podido reprimirse. Cuando el actor vuelve a estornudar en la siguiente representación, el público ya tiene claro que era Hamlet el acatarrado.

Esa duda acompaña la lectura de todo el libro. No sabemos si todo lo que nos cuenta el protagonista es verdad, o si nos está tomando el pelo. Pero, como se recalca en uno de los pasajes "nadie espera una respuesta. Todo es ya respuesta. Nadie pregunta, ya nadie sabe que en realidad se puede preguntar". Tynset es también un misterio, un lugar que parece esconder algo al protagonista, como también parece esconder algo la novela.

A pesar de lo angustioso del sentimiento que impulsa al insomne, que parece buscar la muerte al llegar la madrugada, el autor logra dar un toque irónico, de un humor casi invisible, a Tynset.

Por último, hay que destacar el prólogo de Vicente Luis Mora, que hace de buen anfitrión de la novela y tiene la cualidad de animarnos a leer más a Hildesheimer. Yo sí tengo una pregunta: ¿por qué no se publica más a menudo a este autor en nuestra lengua?

lunes 10 de marzo de 2008

Al Ándalus, el temprano renacimiento europeo

La revista Tertulia Andaluza ha publicado una reseña sobre el nuevo libro de González Ferrín.

Rumbo al Renacimiento, ciencia y tecnología en al-Andalus

Autor: Emilio González Ferrín
Editorial: Corporación Tecnológica de Andalucía.
Año: Diciembre, 2007
Nacionalidad: España
Género: Ensayo

Rumbo al Renacimiento, ciencia y tecnología en al-Andalus es un breve recordatorio de los avances conseguidos en la España que habló árabe. El libro también es el primero de una colección que editará la Corporación Tecnológica de Andalucía, para recordar el pasado innovador de una tierra que dio algunos sabios al mundo.

La corporación tiene la voluntad de recopilar obras ex novo con el objetivo de recordarnos el lado innovador de Andalucía. El elegido para inaugurar la colección es Emilio González Ferrín (Ciudad Real, 1965), profesor de Islamología de la Universidad de Sevilla y autor del asombroso volumen Historia General de Al Ándalus (Editorial Almuzara) y del premiado La palabra descendida, un acercamiento al Corán (Ediciones Nobel).

En su Historia General de Al Ándalus ya apuntaba lo que extiende aquí: Al Ándalus supuso todo un renacimiento europeo. González Ferrín se ganó algunas reprensiones con su crónica anterior, pero el autor sólo empleaba el término renacimiento no en su estricto sentido histórico, sino como metáfora que sirviera para iluminar la comprensión del lector.

El estilo de González Ferrín es didáctico, sorprendente y, sin buscarlo, polémico, con lo que recuerda a Américo Castro en lo revelador. Ferrín, como Castro, intenta discernir más que repetir lo leído, y por ello se gana a pulso la incomprensión de los que no son capaces de ir más allá de las líneas de las crónicas.

El libro se abre con numerosas referencias a otro iluminado: Ortega y Gasset. Los razonamientos del filósofo le sirven para argumentar que los avances e innovaciones que se produjeron en Al Ándalus no fueron casualidad alguna, pues se hace necesaria una sociedad avanzada para que se registren los hallazgos tecnológicos.

El autor también esboza la conexión entre las ciencias occidentales y orientales. Los árabes no tenían nuestra concepción enfrentada de la historia científica; los griegos fueron " los primeros " y luego venían ellos, como les gustaba repetir. El desarrollo de la ciencia siempre se ha parecido más a una cadena que a una lucha.

La Córdoba de los ingenios merece también un capítulo en el libro, en el que nos habla de Firnás, un sabio que quiso volar y que fue un antecedente de Leonardo da Vinci.

Lástima que la extensión del volumen no dé para más, ni esta reseña, pues es fascinante ver como aquellos europeos del sur iban pasando, poco a poco y condena tras condena, desde la superstición hasta la ciencia.

La Tabla Smaradigna, el Liber Anohe o Calendario de Córdoba, Ibn Yuyul, el medio-siglo de Oro de los reinos de taifas, Azarquiel y Abulcasis, son reseñados, entre muchos otros, en las páginas del libro.

En cuanto al formato, llama la atención lo pequeño de sus páginas, emplean el A6, las tapas gruesas y rojas que le dan un aspecto nada innovador y, sobre todo, las ilustraciones de Daniel Rosell, discretas y agradables. Como Ferrín apunta en el libro, mejor que el lema tres culturas para referirnos a Al Ándalus, sería este otro: una ciencia, tres religiones.

viernes 7 de marzo de 2008

La Fundación José Manuel Lara abandona

La Fundación José Manuel Lara tomará algunas medidas debido a la poca rentabilidad de algunas de sus actividades. La noticia la retomamos del blog La nave de los locos.

"(...) vende la llamada Casa Fabiola, situada en el barrio de Santa Cruz, sede de sus actividades, reduce su personal, traslada la importante biblioteca que albergaba a un lugar mucho menos accesible y cierra varias de las colecciones que venían editando hasta ahora, según una noticia que no parece haber trascendido, de momento, los medios de comunicación andaluces.

Habían obtenido un justo reconocimiento a su calidad las colecciones dedicadas a las Ciudades andaluzas en la historia, la de Clásicos andaluces y, en especial, la colección Vandalia de poesía, que dirige Jacobo Cortines. “Vamos a dejar de editar libros. Es muy caro mantenerlo”, ha comentado la directora de la fundación, Ana Gavín. En cambio, parece ser que los premios y la revista Mercurio, dirigida por Guillermo Busutil, la otra estrella de las publicaciones, se mantendrán. Pondré sólo un ejemplo: unos reconocimientos que han propiciado la ed. de un libro tan riguroso como el de Jesús Rubio Jiménez, Pintura y literatura en Gustavo Adolfo Bécquer (2006), merecen seguir existiendo.

La colección Vandalia había sido galardonada recientemente con el Premio El Público. Había acogido, entre los libros más destacados, los de Rafael Guillén, Estado de palabra. Antología poética (1956-2002), ed. de F.J. Peñas Bermejo; La otra sentimentalidad. Antología, ed. de Francisco Díaz de Castro; las Poesías completas (y otros poemas), de Manuel Altolaguirre, ed. de James Valender; Ocasión de vida. Antología poética, de Alfonso Canales, ed. de Francisco Ruiz Noguera; La piel de Jaguar. 25 poetas hispanoamericanos ante un nuevo siglo, preparada por Álvaro Salvador; y En resumen. Antología poética (1946-2005), de Leopoldo de Luis, ed. de Jorge Urrutia. Otros de volúmenes, como los de Jacobo Cortines (Consolaciones, 2004) y Julia Uceda (En el viento, hacia el mar, 1959-2002, 2003; y Zona desconocida, 2006), habían obtenido el Premio Nacional de Poesía o el Premio de la Crítica. La colección, además, estaba en un momento de cambio, de apertura a los poetas hispanoamericanos.

Lo que más sorprende de todo este asunto es que gentes tan avezadas en el mundo de los negocios editoriales pudieran pensar que colecciones como las que ahora suprimen llegarían a ser rentables, a la manera que ellos parecen entender la rentabilidad. ¿Fundación, rentabilidad? Uno creía en otro tipo de rentabilidad para Sevilla, Andalucía, España e Hispanoamérica, en el rendimiento cultural, que no siempre hace caja de inmediato, aunque todo esto parezca sonarles a algunos a música celestial..."

Por cierto, el libro Instante de Eduardo Jordá, que reseñamos hace poco, también fue editado en Vandalia.

martes 26 de febrero de 2008

Instante, de Eduardo Jordá

Tertulia Andaluza ha publicado una reseña de Instante, el libro de poemas de Eduardo Jordá.


El libro está partido en dos. La primera parte se titula El Infierno Feliz (Poemas de Manila) y nos ofrece varias instantáneas de la capital filipina. Lugares como Malate, Quiapo, EDSA o el Pagsanjan retratado por Gil de Biedma y Coppola, fueron visitados por el autor hace tres años, al ser invitado por el Instituto Cervantes. Así, el mosaico de Manila aparece con sus jeepneys (autobuses), el frangipán (un arbusto), los lanzones (un aperitivo) y sus mujeres. Desde la Gabriela inspirada en Gabriela Portero -la hija de dos cooperantes que trabajan en un hospital para tuberculosos- hasta la prostituta Ronna, una de esas que según el poeta “se acercaban cada vez que te sentabas en un bar, todas muy jóvenes”. Es en estas primeras páginas donde el poeta se ha ganado alguna que otra corrección por parte de críticos y colegas. Pero Jordá no se ha escondido en esa especie de corrección poética que ata la inspiración de muchos. Y si en Quiapo él ve “que la gente compra consoladores y pistolas”, él lo versifica. Es complicado entender a la crítica. No a Jordá.

En Instante, la segunda parte -que coincide con el título general de la obra-, los lectores y críticos puede que se encuentren más cómodos. Es en ella donde encontramos el poema Sábado Santo, inspirado por un pensamiento de George Steiner que concebía ese preciso instante como el momento de la angustia y de la desesperanza: aún no ha resucitado Cristo y todos sus seguidores están en el desánimo más absoluto, a la espera del milagro. A Jordá le parecía que “ese momento era muy fértil” y puede que ese instante sea el que resuma todos los que aparecen en el libro. El hombre, para el poeta, está siempre a la espera de algo bueno, aunque viva en el mismo infierno. Y cada poema es como una oración, la petición de un milagro que lo salve.

La poesía puede ser como esa “dolorosa invocación a la vida” que las lápidas otorgan. Una como la del niño romano que aparece en el libro:

Hermógenes, querido de los suyos
murió con ocho años, siete meses y catorce días.
Nada fui, nada soy.
Tú que aún vives, come, bebe, juega,
ven.

Una de las novedades del libro es la inclusión de una cita, pues Jordá no lo había hecho antes en sus anteriores volúmenes de poesía. El poeta elegido es Robert Graves, un poeta que casi siempre cantó al amor y que señaló que la mujer es y el hombre hace. Jordá, en Hierba seca a la luz de la luna, apostilla que “la mujer es aurora; el hombre ocaso”. El poeta lleva a muchos de sus poemas la idea clásica de que el amor supera a la muerte y es el origen del mundo. En uno de ellos, My Wife, incluso su mujer le escucha gritar su nombre, pese a que ambos ya están muertos. En la boda de unos amigos, el poeta dice que:

Es posible que el cosmos sólo exista
por un descabellado, inexplicable,
absurdo acto de amor. Y nadie puede
decir que ha estado vivo si no ha amado
al menos una vez, perplejo, incrédulo
y borracho de vida, invulnerable
y a la vez tembloroso, como un niño
que flota en un arrollo de agua oscura
a merced de la luz y del instinto.

Ese amor también se puede encontrar en los encuentros con amigos inesperados, como con el fotógrafo Ira Cohen, al que Jordá conoció en Sevilla cuando el beatnik llegó para participar en un encuentro sobre Paul Bowles. Con él brinda “por la noche que se acerca” y suena como un brindis por la vida.

lunes 25 de febrero de 2008

Entrevista a Eduardo Jordá

Eduardo Jordá se explica en una entrevista y comenta su libro Instante, editado por Vandalia.

P: ¿Por qué ese tono cercano y nada retórico, poco común en muchos poemarios?

R: Me gusta que la poesía tenga un tono conversacional, que sea reflexiva y sencilla en el mejor sentido de la palabra. Es decir, que sea como una conversación a media voz entre dos personas que se conocen. Tampoco tienen una intimidad excesiva, porque no me gusta que la poesía sea excesivamente impúdica, quejumbrosa. Prefiero que sea una confesión a media voz entre dos personas que se conocen y entre las cuales hay una cierta distancia; esa distancia me gusta en la poesía, la distancia entre poeta y lector.

Robert Fisk y la guerra por la Civilización

El blog La gran guerra por la civilización ha empezado a traducir al español los artículos de Robert Fisk en la prensa inglesa. El periodista británico ahora trabaja para The Independent, pero eso, en el oficio de rellenar páginas con columnas, no dice mucho, dado el carácter peregrino del periodista. Aclaremos que Fisk es el que escribió la monumental crónica La gran guerra por la Civilización, un recuento de salvajadas, amistades, política, romanticismo y humor, aunque poco, en el Oriente musulmán.

Fisk vive en Beirut, ese símbolo roto cuyas ruinas son las mismas de los últimos años del anterior siglo y los comienzos de éste. Ya son tres décadas informando desde territorio enemigo, durante las cuáles ha escrito bellas páginas de periodismo – sí, eso no es un imposible -. Entre su obra publicada destaca Pity the Nation: Lebanon at War, The Age of the Warrior: Selected Writings y La gran guerra por la civilización: la conquista de Oriente Medio (Ediciones Destino, 2006). No se alarmen, lo de la guerra por la civilización no quiere decir que las intervenciones en Oriente Medio fueran civilizadoras. Simplemente, ese era el lema inscrito en la medalla que su padre se ganó en la Primera Guerra Mundial.

La gran guerra por la civilización describe, en más de mil quinientas páginas, lo que Fisk vio y lo que le contaron durante sus años de corresponsal de guerra y nos deja un grueso volumen que se nos queda corto. Fisk entrevistó en tres ocasiones al fugado de la justicia más famoso de la historia, no necesito decir quién es, y tuvo que informar sobre las violencias en Irán, Irak, Armenia o Afganistán, entre otros lugares en donde acampó el horror.

Por su sensibilidad, su erudición, su piedad y su humor, Robert Fisk es uno de los escritores esenciales en mi vida, que lo sea para el resto de la humanidad es algo que no puedo afirmar, pero me gustaría que fuera así.